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GUÍA DE ROMA PARA PATEANTES INQUIETOS (y IV)

Roma. Día 4

Nuestro cuarto y último día en Roma comenzaba en los Museos Capitolinos (plaza del Campidoglio) que el día anterior habíamos cambiado sobre la marcha por la visita a San Giovanni in Laterano.

La entrada a los museos fue triunfal. Tuvimos que dejar las bandoleras y mochilas en custodia, y aún no habíamos subido las primeras escaleras tuve que bajar porque me había dejado la cartera en mi bandolera. Al cabo de diez minutos desde mi última visita a la custodia, tuve que bajar de nuevo porque se habían agotado las pilas de mi cámara. La señora que había allí, al vernos entrar otra vez y pedir las bandoleras, pensó que nos habíamos cansado de tantos bustos y esculturas y amablemente nos indicó que el museo continuaba en el otro edificio y que se pasaba por el Tabularium. Risas, excusas y explicaciones no tardaron en llegar.

Ya con las nuevas pilas en la cámara, y otras tantas en el bolsillo, nos pusimos a recorrer sala tras sala: esculturas, pinacoteca y lo que yo di en llamar "Sala LLadró", que se reveló como una gran fuente de referentes clásicos,  por lo que pasamos toda la mañana en el museo.

Después nos encaminamos hacia el Teatro de Marcelo y el Templo de Vesta. Justo enfrente se haya la iglesia de Santa Mª in Cosmedin en cuya entrada se encuentra la célebre Boca de la Verdad y donde, como es preceptivo, nos hicimos la foto (que no tengo todavía). Después cruzamos el Tíber y nos adentramos en la zona del Trastévere. Encantadora.

Allí oteamos una terracita y, como dijo aquél: para luego es tarde, nos tomamos nuestro Martini rosso del día en un sitio muy recomendable, (hago un poco de publicidad) Terra Satis. Aquí nos sucedió la gran anécdota del viaje: nos sentamos tranquilamente en la barra acalorados y sedientos y nos pedimos los martinis. Los ponen, pero un problema en los vasos hace que nos los cambien. y ¡Por Zeus! se quedan sin rosso. Risas (carcajadas más bien) porque no encontraban otra botella y terminan poniéndonos uno blanco. Seguimos con las risas nosotros, camareros y jefes y al final terminan invitándonos a los martinis. Nosotros continuamos el circuito y como la iglesia que nos tocaba visitar estaba cerrada, decidimos volver al bar para comer. Nos sentamos en la terraza y risas-caracajadas por doquier al vernos allí de nuevo. Tras el capuccino, el jefe, muy serio, le dice al camarero: -ponle a los señores dos martini rossi. Y vuelve el camarero con sendos martinis blancos (a los que también nos invitaron). La explosión de carcajadas fue brutal.

Tras la dosis de risas, visitamos Santa Cecilia y después Santa Mª del Trastévere. Desde allí, con un helado en la mano, fuimos a echarle una última ojeada a la Fontana de Trevi y nos volvimos al hotel.

Al día siguiente, por la mañana, partimos de Roma.

¿Para cuándo la vuelta?

Jueves, 30 de Agosto de 2007 21:17

Comentarios » Ir a formulario

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Autor: Ana

Me apunto a la siguiente, ahora que ya has demostrado que como guía no tienes precio.

Fecha: 30/08/2007 22:20.


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Autor: Isra

La verdad es que como guía no valgo nada. Soy capaz de perderme en dos metros cuadrados, pero perderse en Roma merece la pena.
Se me olvidaba decir que no agotan los kilómetros que haces, sino los adoquines que pisas. No hay un solo metros liso.

Fecha: 31/08/2007 14:43.


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Autor: Ana

Perderse en Roma es una opción muy atractiva ...

Fecha: 31/08/2007 18:04.


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